Si nos unimos, el valor de un solo café puede asegurar el techo de mi familia para siempre.
Les escribo con total franqueza y desde la realidad que me toca vivir cada día aquí en Montería, Colombia. Me gano la vida trabajando de forma independiente en el servicio técnico y mantenimiento de computadores. Es mi oficio y lo que sé hacer bien. Sin embargo, cuando el trabajo en sistemas escasea, no me quedo de brazos cruzados: salgo a la calle a buscar el diario como ayudante de construcción o en lo que salga. Hago lo que sea necesario, de manera honrada, para sostener mi hogar.
Tengo una responsabilidad enorme sobre mis hombros. Desde hace cuatro años, tras la ausencia de mi esposa, asumí por completo y en solitario la crianza de mis cuatro hijas. Me ha tocado ser papá y mamá al mismo tiempo, sacándolas adelante con las uñas. En esta ciudad no cuento con red de apoyo; no tengo padres, hermanos ni tíos que me den una mano con las niñas. Somos nosotros cinco solos enfrentando el día a día.
Lo que logro reunir con mi esfuerzo diario se va por completo en cubrir el arriendo, las facturas de los servicios públicos, la alimentación y los gastos escolares de mis hijas. Vivimos estrictamente al día, con lo justo, pero con la frente en alto y sin rendirnos.
Soy consciente de mi realidad. Para un técnico independiente y ayudante de construcción, reunir treinta mil dólares para comprar una casa es una montaña imposible de escalar solo. Jamás lo lograría en esta vida. Por eso no vengo a pedir grandes donaciones ni dinero que les haga falta en sus casas.
Esto lo diseñé como un reto de unión: si logro que 30.000 personas de buen corazón se detengan un minuto a leer mi historia y me apoyen con únicamente un dólar (lo que vale un dulce o un café), entre todos le habremos construido un hogar definitivo a mis 4 hijas. A ustedes un dólar no los hace más pobres, pero a mi hogar lo salva para siempre.
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